Nos preguntaremos acerca de la evolución histórica del concepto de espíritu emprendedor con foco en el ámbito la administración de empresas, aunque pensamos que dicho concepto se puede extender a otros ámbitos de la acción humana, como los de la política y la cultura solidaria. Nuestra hipótesis es que la evolución histórica del concepto de espíritu emprendedor se vio condicionada por la cosmovisión imperante en cada época y la comprensión de individuo que de esta emanaba.
Haremos una apretada síntesis de la evolución histórica del concepto de individuo y de la emergencia del espíritu emprendedor y la relación entre ambos.
Muchos autores acuerdan en que la idea de individuo, como ser autónomo y creador de sus propias posibilidades y realidades, es relativamente nueva.
Podemos decir que en el mundo griego existía una valoración particular de la individualidad en términos de la virtud que emanaba de los hábitos personales que la persona elegía cultivar en su vida y dichas virtudes estaban asociadas a la vida en la polis como contraposición a la vida bárbara propia del mundo fuera de ella. Sin embargo dicha perspectiva no se traduce en la valoración de hábitos que hoy llamaríamos “emprendedores” en su sentido vinculado a la producción económica y la creación de negocios.
La concepción de individuo hacia la edad media, en cambio, ya era mucho más determinada por un dogmatismo religioso haciéndose muy teocéntrica. La vida del hombre estaba regida y determinada directamente por Dios. Un pasaje de Burckhart refleja claramente este punto crítico en la evolución de la concepción de individuo, ubicando en el renacimiento en italiano la emergencia de dicho concepto:
“Durante los tiempos medievales, las dos caras de la conciencia –la que se enfrenta al mundo y la que se cosas del Estado y de todas las cosas del mundo en general. Y al lado de esto, se yergue, con pleno poder, lo subjetivo: el hombre se convierte en individuo espiritual y como tal se reconoce.”
En una línea similar, Sombart nos describe como emerge y se despliega por primera vez el
espíritu capitalista en Italia y como se desarrolla plenamente en Holanda. Dicho autor da importancia en este proceso a la emergencia de una visión racionalista del mundo.
Más recientemente, es relevante y bien conocida la interpretación de Weber quien plantea que el protestantismo ha jugado un rol central en el desarrollo del capitalismo al abrir una visión del trabajo y el mundo material radicalmente diferente a la predominante hasta la edad media. Este autor plantea diferencias importantes entre los tres tipos de cristianismo (catolicismo, luteranismo y calvinismo) y su impacto en el desarrollo del capitalismo. Mientras que para los católicos no había una valoración ética posible para el mundo material y el trabajo humano y por consiguiente era tomado con indiferencia, para los luteranos la asignación del trabajo era realizada por Dios y por ende hacían una valoración ética del mismo. Pero Weber asigna una especial importancia a la visión de los calvinistas para quienes el éxito material logrado mediante el propio trabajo era, no solo digno, sino que constituía una prueba de la gracia de Dios. Así conductas y hábitos antes considerados despreciables se convirtieron en el S. XVIII en deberes profesionales.
En este contexto histórico en el que se abrió una nueva visión del individuo y su rol en el mundo de la producción material, fueron economistas franceses los primeros que asignaron valor económico fundamental a la iniciativa personal en el mundo de los negocios y fue, según nos cuenta Krause en un reciente trabajo[vi], Richard Cantillon (1680-1734) quien acuñara el termino entrepreneur cuyo significado es “aquel que tiene iniciativa”. Luego esta palabra fue tomada por otros economistas franceses y se desarrolló una visión del fenómeno emprendedor mucho más completa que la presente en el trabajo de economistas británicos como Smith y Ricardo.
Quizás el economista que mayor importancia ha dado al fenómeno emprendedor sea Joseph Schumpeter (1883-1950), quien concebía al emprendedor como alguien excepcional que producía una destrucción creativa del capitalismo mediante la introducción de la innovación.
En esta época, el hombre comienza a verse como individuo con un espacio de libre albedrío y con la capacidad de transformar el mundo a su alrededor. El espíritu emprendedor implica la existencia de un sujeto con su propia y singular mirada (‘el emprendedor ve lo que otros no ven’ en palabras de Schumpeter). Simultáneamente, ocurre un profundo cambio en su cosmovisión, la emergencia de la ciencia comienza a concebir al hombre como determinado por las leyes de la naturaleza (objetividad). En la próxima sección exploramos con un poco de detenimiento la emergencia de la perspectiva científica y su impacto en el sentido común del hombre occidental moderno.
Hemos descripto el sentido común dominante en la modernidad y lo describimos como expresión de la deriva cartesiana, caracterizada por los supuestos básicos de objetividad, reduccionismo y determinismo.
Esta cosmovisión hace que hoy nos encontremos frente a la paradoja de que, como hombres modernos, valoramos el rol del emprendedor en tanto innovador y creador de riqueza, pero nuestro sentido común está moldeado en la creencia de que nuestro futuro está determinado básicamente por fuerzas naturales más allá de nuestra influencia. La presión enorme por innovar que sufren las empresas ha generado una gran preocupación por la educación para emprender, en el sentido de proveer una nueva comprensión del espacio de creación humana en el mundo capitalista. Sin embargo dicha preocupación se ha orientado a generar marcos teóricos para el fenómeno emprendedor, a estudiar los rasgos de emprendedores exitosos o a las consecuencias del emprender en la economía, siendo muy pocos los estudios que tratan de entender la estructura de la acción emprendedora en sí misma.
Sostenemos que las habilidades emprendedoras están, en lo fundamental, presentes en el hombre occidental desde los griegos. Estas prácticas no se han desplegado en todo su potencial hasta nuestros días debido al efecto mutilador que ejercieron, en primer termino, la concepción del determinismo metafísico de la vida humana y, en segundo termino, la concepción cientificista del determinismo físico extendida a todos los dominios del quehacer humano. Cuando decimos determinismo metafísico nos referimos la idea de que nuestra vida y destino como seres humanos estaba totalmente determinada por la voluntad de Dios, dejando al hombre sin ningún espacio de libertad. En segundo lugar, cuando decimos determinismo físico nos referimos a la idea cartesiana de que nuestro futuro está determinado por leyes naturales y que el único trabajo del hombre era, en todo caso, descubrirlas. Este pasaje de uno a otro determinismo obscureció la conciencia del hombre acerca de su capacidad de crear realidades nuevas en su ámbito social.
También detallamos una perspectiva post-cartesiana emergente que aporta una mirada nueva y con consecuencias pragmáticas para la generación de capacidades emprendedoras. A continuación presentamos algunas ideas como conclusión de la reflexión abordada en este trabajo.
En primer término, atisbamos el inicio de una época donde el hombre comienza a descubrir la existencia de múltiples espacios en los que habita y construye identidades. Existen espacios para la fe religiosa, espacios para el determinismo físico y el control del mundo material -donde la ciencia y la tecnología abren permanentemente posibilidades nuevas- y también existe espacios sociales en los que los seres humanos pueden convertirse en inventores de mundos, en innovadores culturales que abran nuevas posibilidades para sus comunidades.
Para ese rol emprendedor, en segundo término, surge como contexto mas apto la democracia con economía de mercado moderna, que permite la búsqueda y superación de anomalías de manera mas apropiada que otras formas político-económicas. Aquellas democracias más apropiadas para la generación de cambio histórico serán aquellas en las que existan redes sociales y de confianza fuertes. En este sentido, es importante tener en cuenta los trabajos de Fukuyama y Flores, en torno a los factores culturales en el desarrollo económico en general y en la construcción de confianza en particular.
Por último, una educación para formar emprendedores requerirá una profunda transformación de los sistemas educativos que supere el enfoque estrictamente teórico y sus limitaciones a la hora de trasformarnos en descubridores de mundos como emprendedores, y también como ciudadanos comprometidos o figuras culturales que cultiven la solidaridad.

[…] Lectura adicional: Espíritu emprendedor […]